Por qué un álbum compartido funciona mejor que el grupo de WhatsApp
En el grupo de la boda pasan tres cosas, siempre las mismas. WhatsApp aplasta las fotos hasta dejarlas del tamaño de una miniatura. Las buenas quedan enterradas entre doscientos mensajes de «qué guapos» y dos audios de cinco minutos. Y al mes, nadie encuentra nada. Sirve para avisar de que el autobús sale a las siete; no sirve para guardar el día.
El álbum compartido va al revés. La foto llega entera, con el nombre de quien la tomó, y se queda en un sitio con un solo código en lugar de acabar en la pantalla de otras cinco personas. Tu tía, que jamás ha instalado una app de fotos, entra igual: la cámara reconoce el código y se abre el navegador.
Y como el álbum lo ve toda la boda, funciona durante la fiesta y no solo después. Quien ve aparecer la foto de la entrada de los novios se acuerda de subir la suya del cóctel. Ese efecto es el que llena la galería antes de que termine la noche.