La foto que más vas a mirar la tomó un primo desde el ángulo equivocado
Pregúntale a cualquier pareja seis meses después y te contesta lo mismo: la foto que tienen de fondo de pantalla no es del reportaje. Es tu padre secándose los ojos en mitad del discurso. Son los niños dormidos debajo de la mesa de los postres a las once y media. Es la tanda de fotos borrosas de la barra a las tres. Nadie encargó ninguna de esas, así que solo existen donde se tomaron.
Que los invitados tomen fotos nunca es el problema. El problema son los archivos. Mandas un mensaje amable a sesenta personas, te contestan cuatro, dos te mandan capturas de pantalla de sus propias historias de Instagram y el resto te jura que este fin de semana sí. Cuando vuelves de la luna de miel ya te da vergüenza insistir.
Lo que cambia el final es recogerlas durante la fiesta. Quien acaba de tomar la foto del pasillo de bengalas la sube ahí mismo, de pie; esa misma persona, tres semanas después, no la sube. Todo esto está pensado para eso: un código, cero barreras y las fotos en tu galería la misma noche.
Da igual cómo lo llames. Funciona igual en una boda, en un casamiento o en un matrimonio, en una finca de Toledo, en un salón de Guadalajara o en una quinta de las afueras de Buenos Aires.