Lo que se buscaba con las camaritas no era el carrete
Quien ponía cámaras desechables en las mesas no lo hacía por nostalgia del laboratorio. Lo hacía porque el fotógrafo no puede estar en las doce mesas a la vez, y porque las fotos que de verdad se miran después son las de los invitados: el primo haciendo el tonto con la corbata en la cabeza, los niños durmiendo en dos sillas juntas, la mesa de los amigos de la universidad a las cuatro.
El problema era todo lo demás. Comprarlas, repartirlas, recogerlas, llevarlas a revelar, pagar el revelado de treinta y seis fotos de las que sirven diez, y recibirlas cuando ya llevas un mes de vuelta de la luna de miel.
Un código QR encima de la mesa hace exactamente lo mismo y nada de lo otro. El invitado escanea, elige las fotos del teléfono, escribe su nombre una vez y sube. Las fotos llegan firmadas, tú las ves llegar y al final te las bajas todas juntas en un ZIP. Sirve igual en una boda, en un bautizo, en unos XV años, en una graduación o en la cena de empresa de diciembre.